Moskada
July 12, 2003
Después de un viernes bastante ligero, con visita a las terrazas de al lado de casa, en Corazón de María, y al bar Wild Thing, fantástico sitio que lamentablemente sólo he conocido hace muy poco, se ha acabado el descanso, y el sábado hay que dedicarse, de nuevo, a comer. Aunque el tiempo no anima, porque hace un calor mortal.
Inicialmente, mi parner sugiere ir al De Pura Cepa de Fuente del Berro. Pero yo prefiero variar un poco respecto a las tradiciones invernales (el sábado al mediodía en el DPC es casi como el martes por la noche en el Paper Moon). He pensado que sería una buena idea ir al Asturianos, en Vallehermoso, aprovechando que podría no ser imposible aparcar en las cercanías, ahora en verano. E incluso acercarse después al Imperio, lugar dedicado a las setas y en el que se puede tomar una de las raciones más memorables de Madrid en estos momentos: las flores de calabacín fritas.
En cualquier caso, hay que evitar emociones fuertes, porque lo de hoy debería tratarse de una especie de comida de supervivencia, o algo así, porque por la noche tenemos planes de hacer la visita anual al Balzac, y tampoco es cuestión de enfermar, que esto es para divertirse...
Los planes se trastocan cuando aparece mi parner con El País del sábado, en el que lo primero que uno mira, por supuesto, es la crítica gastronómica de Capel. Y hoy sale un sitio nuevo y moderno de Madrid. Mucha tentación, ante la poca claridad de las demás alternativas (creo recordar, así como de repente, que el Asturianos cierra los sábados). Encima, el sitio del que habla Capel está en Francisco Silvela, no muy lejos de casa. Y no es sólo un restaurante, sino que tiene barra con pinchos de diseño. Bueno, con pintxos. En su contra, todo hay que decirlo, tiene el hecho de que ir a un sitio justo el día en que ha aparecido la crítica en el periódico es algo así como hortera hasta dar pena.
Podéis llamarme hortera. Es más, la decisión se tomó sin demasiadas dudas. Salimos de casa como a las dos y estamos allí a las dos y cuarto, o por ahí. Qué asco me doy.
El sitio se llama Moskada, y está en una esquina. Para entrar hay que bajar unas escaleras. Desde fuera, uno puede mirar por las ventanas, hacia abajo, y se ve la barra. Cuando llegamos no parece que haya mucha gente.
A primera vista, a uno le puede recordar el bar Bar que una persona de tremendo ingenio para los nombres ha puesto en Claudio Coello (¿o es Lagasca?): los dos están por debajo del nivel de la calle, los dos tienen ventanas por las que se puede ver el ambiente desde fuera. Y los dos tienen camareras mulatas, o de parecido nivel de exotismo, con aspecto más acorde con un bar de copas (o sea...)
Según se entra, a un lado, antes de la barra, hay un pasillo que conduce a un comedor con (parece) pocas mesas. La barra es alargada y enfrente de ella hay mesas con banquetas para los clientes del bar. Nos ponemos al final de la barra. Un gran alarde geográfico, porque justo al lado está el pasillo que conduce a los servicios. Pido una caña, y mi parner un rioja. Pero tengo que esperar demasiado a que la chavala se interese por mis inquietudes. El típico problema del servicio en los sitios nuevos, supongo.
Las cañas las dan en copas alargadas. Mal rollo. Si he dicho una caña, esta persona exuberante debería saber que me refería a un vaso de estos bajitos. Claro, que igual es una broma que se traen con los clientes que vienen hoy, precisamente hoy, cuando ha salido la crítica en El País. Que ya se sabe de qué tipo de clientes se puede esperar tal cosa.
Con las bebidas nos ponen una tapa (ojo, ¡una por cabeza!) que además es original (una especie de asadillo de pimientos que debe de ser la base de la ratatouille que anuncian en la carta) y está buena. Sobre la barra hay una carta tamaño cedé (esto está de moda últimamente) en la que vienen dos listas, una de “pintxos fríos” y otra de “pintxos calientes”. Digo yo que por qué tendrán que poner tx cuando el menda que ha montado esto tiene origen ¡¡venezolano!! (si hemos de creer a Capel). Origen que se confirma, creo, cuando oigo hablar a una especie de metre rubia, de generosas carnes y camisa y vaqueros bastante apretados.
Los pinchos contienen varias adaptaciones “miniaturizadas” de los platos del restaurante, aparte de otras cosas más clásicas, como la morcilla o la tortilla de patatas. Por tanto, detrás de varias de las cosas de la carta hay exactamente la misma idea que en los “mini-platos” que dan en el Azul Profundo de Chueca, donde estuve la semana pasada. Aunque igual no con cosas tan refinadas como allí.
Para empezar, pedimos una ensalada de queso de cabra (nombre equívoco, porque en realidad es una mini-ensalada, asimilable al concepto de pincho) y un tartare de atún con guacamole y ralladura de kikos. En la carta del bar no dice lo de los kikos, pero yo lo sé porque lo he leído en el periódico (asco y vergüenza moral, es lo que me doy). Lo primero, que es para mi parner, es bastante convencional. Nada del otro mundo, fuera del hecho de que se presente en un plato pequeño, como pincho (algunas cosas parecidas hay en otro sitio nuevo: Latimba, en Lagasca). Lo que yo me tomo, el tartare de atún, está realmente muy bueno. Igual no tan refinado como el que dan con aceite de oliva (coño, son kikos...), pero muy serio, igualmente. Lo de los kikos le va bien, a mi juicio.
Mientras nos tomamos nuestras cosillas, va entrando gente en el local. En su inmensa mayoría son parejas. Y no biútiful pípol, ni gente guapa, sino más bien gente fea. No puedo evitar imaginármelos a todos con el periódico esta mañana. Igual es que me siento culpable. Tal vez es que la gente guapa no lee el periódico. Aunque podría ser peor: por lo menos no ha venido Paquirrín con su madre. En un rincón, detrás de nosotros, un animado grupo de fiftysomethings que habla sobre el número de magistrados que tiene que haber en una “sala” y sobre no sé qué cosa escandalosa que no logro entender. Algo de jueces, eso sí.
Detrás de la barra, otro microcosmos. Se respira cierta tensión entre la rubia rolliza estrujada por su ropa y nuestra camarera mulata. Se dicen cosas en bajo junto a la caja y gesticulan como posesas. Un poco más de violencia y el local podría abrirse un hueco con otro tipo de público. Aunque no más feo que el que hay ya.
Como la primera ronda de comida se ha merecido, por lo menos, un aprobado alto, se decide ampliar la muestra. Cuando la camarera de indisimuladas curvas y cejas depiladas se vuelve a acercar, le pedimos unos crujientes de langostinos (yo) y un pincho de morcilla asada (mi parner). Los crujientes, aunque aparecen entre los pinchos fríos, son calientes. En realidad son como unas bolsitas pequeñas hechas con masa quebrada, con una pasta de langostinos dentro. Saben muy bien, aunque me fastidia que la masa le tome un cariño excesivo a mis muelas y a mí me cueste desprenderla de ahí. La morcilla está también decente, aunque es más sota, caballo y rey. Si algo se puede objetar es que, aunque hay bastantes cosas, las bases que las acompañan (salsas en unos casos, micro-guarniciones en otros) no son muy variadas. La morcilla viene acompañada del mismo asadillo de pimientos que nos pusieron como tapa, los crujientes traen la misma salsa dulce que llevaba el tartare...
Mientras comemos en la barra, llega gente para el restaurante. Lo esperable para el día en que ha salido el comentario en el periódico: la gente fea madrileña. Fea y no exageradamente refinada. Por ejemplo, unas dobles parejas que llegan, una de ellas mayor y otra más joven (¿padres los mayores de uno de los jóvenes?). Nada más sentarse, justo después de que la rubia de camisa a reventar los lleve a su mesa, aparecen ellas dos, una joven y otra mayor, camino del baño. Vuelven al rato, se van para la mesa e inmediatamente después aparecen ellos. También juntos. También camino del baño. Inaudito. Y lo de ellas pase...
En fin, que la comida está bien, la camarera de la barra también, la decoración regular, las copas en las que echan la cerveza son una horterada, y el público que acude este sábado, a juego con las copas.
Nos gastamos en total, con las dos cañas, un vino y los cuatro pinchos, unos 12 Euros (los dos). Un día de estos, le daremos una oportunidad al restaurante. Pero me guardaré muy mucho de ir al baño con ningún amigo o familiar que me acompañe.
Mumbai Massala
July 9, 2003
Hay que ver qué semana de salir me estoy pegando, a cuento del cumpleaños. Entre otras cosas, una nueva visita (y no es la última) a zampar bocadillos al Pepe’s. Esta vez, pago yo, como corresponde a la primera celebración de mi cumpleaños este año. Bueno, pagar pago a medias con un amigo que también celebra. Por cierto, montamos el cristo de todos los años, juntando hasta cuatro mesas hasta que caben todos los invitados.
Al mediodía siguiente, tengo la primera cita de las que por estas fechas son ya tradición, y en las que con el lema “como si hubiera fútbol, pero sin fútbol”, quedamos los colegas de rodríguez. Es un claro y lamentable síntoma de debilidad moral esto de que lo hagamos al mediodía, en vez de por la noche, como está mandado. El síntoma de que es cada vez más difícil hacer estas cosas si no hay fútbol. Cómo está el mundo. Si hasta en las cuadrillas del País Vasco me dicen que van las tías. Qué nos va a quedar...
Sea como sea, yo llevo ya dos días saliendo hasta tarde, y teniendo en cuenta lo que me queda, esta semana y la próxima, igual lo más prudente es limitar los daños colaterales. Viéndolo así, puede que no sea tan mala idea quedar, como hemos quedado, a las 3. Y encima en un restaurante, donde, quieras que no, siempre comes algo, con las cervezas.
El restaurante lo he elegido yo. Es un sitio indio, adecuado para ir sin mi parner, sobre todo porque con ella no puedo ir. De los indios de Madrid es, probablemente, el que ha abierto hace menos tiempo. Es, también, uno de los más caros. Y he leído en varios sitios, no sé si incluso al respetado Fernando Point, que los precios no están justificados. Simplificando, la idea es que te clavan en torno a unos 60 Euros por persona, por cenar allí. Probablemente, rodeado de tías buenas y bien vestidas. Pero con una comida que igual en un sitio más harapiento, que los hay, te la dan por 30 o menos.
Así las cosas, cuando vi en la revista In Madrid que daban menús del día por 12 Euros, me entró la tentación. Puede que, más que por la sensación de que nos iban a dar una comida comparable a la de la noche, por la de que al menos el resto de características se mantendría. Que ya se sabe en qué piensan los hombres en cuanto no hay fútbol.
Total, que el miércoles llamo para reservar, confirmando de paso que hay menú del día, lo cual sirve además para anunciar que estoy reservando para tomar menú. Esto no está de más en este tipo de sitios, porque en Madrid, sorprendentemente, hay garitos tan pijos que no te dejan reservar si es para tomar menú. Algo que no ocurre en Paris, por ejemplo, ni en los restaurantes top (i.e. Le Pré Catelan del Bosque de Bolonia). Cuando pido mesa para las tres de la tarde, el menda que me toma la reserva me pregunta si no podría ser antes. Vete tú a saber por qué, pero esto me parece una afrenta muy grande y, un tanto violento, le digo que es que tenemos que trabajar. Esto es muy mío, lo de hacer buena amistad con el metre, o quien sea, incluso antes de ir al sitio. Aunque el lector habitual sabe que hay personas que lo hacen incluso mejor que yo...
Para más desgracia, o tensión, llego tarde. A las tres menos cuarto me lanzo cuesta abajo por Gran Vía, en dirección a Cibeles, con la idea (equivocada) de que la calle Recoletos, donde está el sitio, desemboca casi en Cibeles. A las tres menos cinco descubro que la estoy confundiendo con Salustiano Olozaga (donde está el Mojo Club) y apresuro el paso hacia Colón. Todo, además, a unos cuarenta grados a la sombra y con traje y corbata. Fantástica estrategia, la mía.
Llego a las tres y cinco y me encuentro con mis colegas en un bar que hay enfrente, muy aparente, pero en el que no me da tiempo a pedir ni una caña.
En el Mumbai Masala huele a incienso, o algo así. Muy adecuado, porque en el segundo anfiteatro (fondo sur) del Bernabéu también huele a algo parecido. Luego descubro que el restaurante lo perfuman quemando unas barras muy finas de sándalo (creo que es eso). En el Bernabéu creo que no es sándalo. Otra cosa que destaca del sitio es que es mucho más grande de lo que parece cuando entras. Una entrada estrecha da paso a estancias más grandes que están interconectadas unas con otras. Empezamos a seguir al camarero y pasamos al menos por dos salones, antes de llegar a la mesa. Parecido, en este sentido, al Indochina de la calle Barquillo. Incluso la decoración es parecida. No es muy de diseño, pero no me sorprende. Los asiáticos de Madrid no suelen serlo, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en Londres.
La ventaja de tener que hacer una excursión a través de las salas, hasta la mesa, es que uno puede muestrear al público asistente. Nada de lo esperado. Tanto por el camino como en el destino no se ve ese glamur femenino que uno hubiera imaginado a priori. Es más, justo en la mesa de al lado nos toca un grupo de tres tíos encorbatados y bastante patéticos que no pueden trabajar en un sitio distinto de un banco de inversión. Su conversación así parece confirmarlo, porque nombran por lo menos dos empresas de ese gremio, aunque igual lo hacen para impresionar a las camareras...
No nos traen carta, sino sólo un papel con el menú del día, que tiene dos opciones básicas, la de curry y la de tandoor, dentro de las cuales hay que elegir, a su vez, entre dos platos principales. Uno de nosotros pide el menú de curry, dos pedimos tandoor. Yo, concretamente, elijo un plato llamado Murgh Seekh Kebab, que es una especie de salchicha de pollo con cilantro y alguna especia más. La otra opción del tandoor es el Pollo al Tandoor, que hace honor a su nombre: son muslos de pollo. Distinto de lo que yo he tomado en Londres (Bombay Brasserie) como pollo tandoori. Tanto lo mío como lo otro. Pero está bueno, que conste.
El problema no es que no esté bueno, sino que lo que sobre el papel parece que va a ser un verdadero festival gastronómico, porque tienen que venir tres cosas antes del plato principal, se reduce en la práctica a una tapita, primero, y el pollo de nombre psicodélico, después. El típico sitio poco recomendable para esta gente tan castellana y tan con los pies en la tierra que en cualquier conversación sobre restaurantes termina siempre afirmando, como si ello fuera una muestra de distinción o hasta de conocimiento, que lo que no le gustan son estos sitios modernos que te ponen una birria enanita de comida en un plato enorme. Gente amante de los filetones y, cuando la patología es grave, más si vienen a la mesa en platos refractarios, ardiendo.
Aquí el plato no es refractario, pero tampoco es grande. Al César lo que es del César. Y las tapitas, aunque “birria” es una palabra que les va bastante bien, en cuestión de tamaño, están buenas. Una de ellas es una samosa de verduras, otra una especie de flauta mexicana, con queso por dentro, y la otra creo que es lo que en el menú llaman Daal y Alok Tkki, que se supone que está hecho con patatas, y está muy bueno, aunque no lo aconsejo a quien no le gusten el cilantro y el comino.
Además, para empezar ya nos han puesto, de aperitivo unos poppadums con unas salsas bastante peligrosas, por sus contrastes de sabores, desde el picante más inmisericorde hasta el sabor a gel de baño.
Todo ello lo regamos con unas cervezas Cobra (de la India) que no van incluidas en el menú (al menos no todas) y por las que nos soplan 3 Euros por botella. Y terminamos con un postre “típico indio”, según el menú, que la camarera nos dice que es “dulce de leche” y tiene más de lo primero que de lo segundo (parece hecho con miel). El té está muy bueno, aunque da la impresión de que es té hecho en leche (no con leche), o lo que algunos llaman té americano, parece ser que por error.
La impresión final es que sí que debe de ser un sitio ultracaro, porque entre unas tonterías y otras, y no recuerdo yo que hayan sido muchas tonterías, nos hemos metido, de los 12 anunciados (sin IVA, ofcors), en unos 20 por cabeza. Teniendo en cuenta que una búsqueda en Google de "Mumbai Massala" da 164 resultados, frente a "Mumbai Masala" (con una s) que da 1.170, me parece un abuso... (o bien todo se justifica porque el dueño no es de la real academia de la lengua india)
Redondeamos la jornada con una trascendental visita al Sportsman de la calle Alcalá, que está al lado. Un presunto pub inglés de los que se abrían en Madrid en los 70, con un público tendiendo a lo revenido (o pasando esta condición con creces) y unos sillones en la línea del público, hechos de madera oscura y terciopelo rojo desgastado. Caen tres pintas por cabeza, que las llaman así aunque las ponen en vasos de sidra. A las siete nos retiramos a nuestros aposentos. Son las ventajas de quedar a comer. En próximos días habrá experiencias más intensas, probablemente. Sin fútbol.
La Gamella
July 5, 2003
Es sábado. Hemos estado comiendo en una terraza, a pesar del calor que hace. La razón es que hemos quedado con mi hermano y su familia, o sea, con mi sobrina y con la madre de mi sobrina, también. Y las terrazas parecen una cosa muy indicada para las sobrinas de tres años, como esta, o para cualquier persona de esa edad. Al parecer, indefectiblemente, después de la comida, lo que para ellos puede ser un trance como de quince o veinte minutos de marear un poco el tenedor y dar preferencia a los bocados pequeños, como aceitunas y croquetas, sienten una necesidad imperiosa de salir a correr. Por ello, es siempre preferible estar en una terraza ajardinada, o algo así, porque de lo contrario las carreras podrían acabar con la persona de tres años estampada contra las piernas de un camarero. O, si la terraza está en plena acera, como están muchas, con un riesgo permanente de que se meta debajo de un coche.
Así que vamos a un Gambrinus que hay al lado de mi casa. Son bares montados por Cruzcampo, imitando la manera en que en Inglaterra montan pubs las fábricas de cerveza (Witherspoon’s, por ejemplo), o el mismo ejemplo, más reciente, de Guinness o Murphy’s con los pubs irlandeses en España. Los Gambrinus están teniendo cierto éxito en Madrid, y lo digo porque están sobreviviendo, lo cual es bastante decir tratándose de un invento de Cruzcampo, cerveza poco valorada y muy vilipendiada en un Madrid siempre lleno de fundamentalistas de la Mahou. Personalmente, a mí no me gustan mucho, pero no tanto por la cerveza, que a la hora de la verdad, y más en verano, tampoco se nota tanto la diferencia, siempre y cuando venga fría y no sepa a chapa oxidada, como la del Ferreras, donde el problema se debe más, probablemente, a la instalación del grifo y su higiene. No me gustan porque la comida es bastante floja. Por ejemplo, sensiblemente más floja que en sus homólogos de San Miguel (los Cañas y Tapas).
La comida de hoy no hace sino confirmar esas impresiones. La ensalada que traen es correcta, sí, pero el adobo es mortal de necesidad: tosco, poco suave, con cartílago en casi todos los trozos. E incluso las croquetas son de esa textura cercana al yeso tan querida (aparentemente) por los defensores de las que ponen en la Taberna de la Daniela, en General Pardiñas. Y eso que hoy las tomo con bastante cariño después de escuchar a mi sobrina decirme que a ella “le gustan mucho las coquetas”. Cariño y lágrimas en los ojos, es justo reconocerlo.
Además, nos cobran más de 2 Euros por helados Frigo puros y duros. Yo tomo un “Frac”, un mega bombón helado de estos que son tan populares, pero que yo no sé tomar con, digamos, limpieza, lo cual provoca que parte de la cobertura de chocolate acabe en el suelo. Será Dios, que vela por mi salud...
Si incluimos en la valoración el calor que pasamos, porque lo hace, incluso a la sombra, no parece que convenga repetir mucho este sitio. Eso sí, la niña corretea a placer, pero incluso eso no sale demasiado bien, como podemos comprobar cuando tropieza en una mesa y se pega una piña importante que incluye el choque de su nariz contra el suelo y gran aparato sanguinolento. En fin, las cosas que tiene este tema de la infancia.
Después, tenemos tiempo de ir a la piscina, a vaguear a base de bien, tumbados a la bartola, a la sombra. Un plan de lo más sano y deportivo. Viva el verano. Tenemos hasta las diez, que he reservado en La Gamella, un restaurante del que me han hablado muy bien (nunca hemos ido) que está junto a la Puerta de Alcalá. Así que después de la piscina podemos redondear la faena en una terracita que hay al lado, con la tradicional caña, en mi caso, y el tradicional café con leche (da igual que llueva, nieve o pegue un sol de justicia) para mi parner.
La Gamella es un local bastante bonito, justo al principio de Alfonso XII. O sea, en una zona señorial donde las haya, y no lejos del Balzac, el restaurante de altos vuelos de Andrés Madrigal, dueño y chef también de Azul Profundo, donde estuve el viernes comiendo. A la entrada tienes una barra, que da la impresión de que funciona como bar independiente, porque está bastante aislada (por una puerta cerrada) del comedor. Impresión no confirmada, en todo caso.
La metre es una chica que no parece española. Se supone que eso es consistente con que La Gamella sea, como me han dicho, un restaurante de cocina que mezcla cosas españolas con cosas norteamericanas. Otra señal en este sentido es que en la carta ofrecen, entre los platos de carne, la “hamburguesa americana con salsa barbacoa y patatas fritas”. De hecho, sólo me controlo y no la pido porque es verano y porque me digo a mí mismo que debería probar algo más raro, o creativo, para luego contarlo en la crítica escrita que haga. También tienen “ensalada césar”. Una cuarta señal es que, cuando nos sientan, tenemos a nuestra izquierda una pareja que hablan en inglés con acento USA. O sea, en inglés que más o menos se entiende.
Pero tranquilos, esto no es un burguer. La metre es bastante elegante. El sitio está decorado con cierta gracia, dentro de que estamos en un edificio clásico, en este barrio tan clásico. Y, aunque yo reconozco que el tema no me gusta, tienen velitas en las mesas. Es más, te encienden la vela cuando te sientas. O sea, que parecen un tanto “pareja-oriented”. Miro alrededor y descubro que más de la mitad de las mesas son de dos. En edades, hay de todo. Desde gente rozando los treinta recién cumplidos hasta mendas que ya no cumplen los cincuenta, calculo.
Lo mismo pasa con los estilos. A mi izquierda, entre los americanos y nosotros, se sienta una pareja joven (rozando los treinta), bastante casual. O sea, no muy puestos, ni demasiado estirados en su actitud con la metre ni con la comida. Fenomenal para relajarse. A mi derecha, llega una pareja de más edad que la otra, fourtysomething o por ahí, que son casual pero con moderación. Por ejemplo, ella lleva un vestido de estos de gasa blanca, que han debido de diezmar las existencias de gasa en España, para hacerlo. Está morena y menea mucho el pelo. Él es un señor serio, que también está moreno, y tiene bastantes canas, lo cual ya se sabe que es un activo para quien las sabe llevar, como quien esto escribe (aunque yo no tengo tantas).
Puede ser la mezcla de estilos, o de edades, o hasta de nacionalidades, o la elegancia del barrio y la de la decoración, pero lo cierto es que se está muy bien aquí. Y mi parner lo dice dos o tres veces, como sucede cuando está muy convencida de algo. Vamos, que debe de estar de acuerdo conmigo.
En lo que respecta a la comida, la carta demuestra, como ya he dicho, que hay mezcla hispano-norteamericana, pero no tanto en la cocina como en la propia carta. O sea, hay platos españoles y platos americanos, pero ninguno es manifiestamente mezcla de ambos estilos, o de ambas cocinas. Para eso, igual es más agresivo, o se arriesga más el Cornucopia, delicioso restaurante en la Plaza de las Descalzas que regenta Kim, la que fuera azafata del 1,2,3.
De primero, compartimos mi parner y yo un salmorejo, que está estupendo, y una parrillada de verduras, algo decepcionante, porque da la sensación de que las cosas están tal que recocidas, o como de que hubieran pasado por el microondas, o por el horno, no sé. Por otra parte, tienen el buen gusto de traer el salmorejo para compartir en dos platos con media ración cada uno. Bueno, el buen gusto y la sensatez. Esa que nos ha faltado un poco a nosotros al pedirlo para compartir, según mi teoría, porque no es fácil tirar de cuchara contra un plato situado en el centro de la mesa sin que, a la vez, quede el mantel hecho un Cristo. Pero esa es mi teoría. Como otras veces, había otra teoría en liza, a la hora de pedir. Y es la otra (teoría) la que se ha llevado el gato, o el salmorejo, al agua.
De segundo, los dos tomamos pescado. Mi parner acierta de lleno pidiendo una merluza a la plancha con vinagreta que está fantástica. Muy bien esto de la vinagreta, y original. Yo tomo tataki de atún con ajoblanco. Un plato inventado (creo) en el restaurante Nodo, de Velázquez, y que han debido de adoptar aquí, para darle un toque oriental a la mezcla hispano-norteamericana. Es, por otra parte, casi la única muestra de fusión real. Está bastante bueno, aunque, a diferencia de otros tatakis que he tomado, con o sin ajoblanco, el atún está quizás más marinado en soja que lo que suele ser habitual, o su textura algo más harinosa.
La carta de postres es bastante sugestiva, con cosas como mousse de mascarpone con frutos rojos, o como lo que yo tomo, una crema de chocolate amargo con helado de azafrán. Interesante mezcla, aunque alguien podría decir que el helado le parece realmente de paella... Curioso, este tipo de helados, en la línea del que recuerdo que me tomé (y no me gustó) de pimienta en El Dorado Petit de San Feliú de Guíxols (Gerona). Sólo que esta vez sí que me gusta. E igual tiene que ver con que lo mezclo con la crema de chocolate.
Todo incluido, con vino, por unos 44 Euros per cápita.
Una última observación sobre el restaurante, que no se le escapa a mi parner, es que tienen un menú del día a diario, por unos 15 Euros, que incluye como opciones el salmorejo (que estaba tremendo) y la hamburguesa. Un día de estos lo probamos, que no nos pilla muy lejos.
Después de la cena, vamos al Mojo Club, que ya tenía querencia desde el jueves pasado, cuando el sueño me lo impidió. Hoy la verdad es que no me lo impide de milagro, porque el vino (una botella de Marqués de Legarda – Rioja Crianza 2000, que es uno de los “de la casa”) me ha dejado un poco adormecido, qué le vamos a hacer. La experiencia en el Mojo Club es, si cabe, más letárgica. No hay nadie. O sea, estamos nosotros y un menda delgaducho con perilla y camiseta adidas naranja (¿Holanda años 70?) que se supone que es el camarero. Le pido una Heineken y la pone: es el camarero. Después llegan una chavala un poco destartalada (de vestimenta) y dos chavales negros. La chavala lleva un carrito de niño, con un niño dentro que, en otros tiempos, uno describiría como “café con leche”. Mi parner deduce, hábilmente, que uno de los dos acompañantes es el padre del chaval. Todo muy familiar, porque parece que el de la camiseta adidas es muy colega de los recién llegados (se saludan efusivamente). Es casi como si nos hubieramos colado en una casa, o en una fiesta privada. La música es buena, sí, pero retumba en tanto espacio vacío. Me termino la Heineken y nos vamos.
Azul Profundo
July 4, 2003
De vez en cuando, por suerte para los críticos gastronómicos, hay verdaderas innovaciones en el tema de los restaurantes. Incluso en Madrid, aunque uno nunca sabe si aquí cualquier invento no es en realidad una copia sobre algo que se ha visto fuera, en Londres, o en Nueva York, o hasta en Barcelona (casi nunca en Paris, donde son más bien clásicos, por lo menos en las fórmulas).
Por ejemplo, lo original que aporta el Azul Profundo, un sitio nuevo que lleva abierto como un mes y una semana, como no se cansa de repetir la metre a todos los que nos sentamos allí, podría no ser muy distinto de los famosos menús de degustación, “largos pero estrechos” y casi obligatorios, que se gastan en los sitios catalanes de alto copete, como el Bulli, cuya popularidad tanto está influyendo, positiva y negativamente, sobre los nuevos restaurantes españoles. O hasta en los vascos, porque sé positivamente que por lo menos en Akelarre, el sitio de Pedro Subijana en lo alto del Monte Igueldo de San Sebastián, el tema es parecido.
En el Azul Profundo, el menú no es “casi” obligatorio, sino obligatorio total. La crítica “de lanzamiento” que aparece en los medios (Capel en El País) habla de una especie de “comida de tapas”. Pero la realidad es que es más bien un menú de degustación. Aunque claro, a cualquier plato con poca cantidad se le puede llamar “tapa”, y entonces sí. Si se añade que, además, los platos incluidos en la ráfaga cambian cada diez días, más o menos, la idea se distancia un poco más de los tradicionales menús de degustación. El gancho comercial es que se puede intentar convencer a la gente de que pruebe todos los menús, yendo cada diez días a comer allí. Esto parecería menos viable si se tratara de ir a cenar (una vez cada diez días al mismo sitio), pero en este caso otra característica que define al restaurante es que parece orientado más bien a comer. O por lo menos tan orientado a comer al mediodía como a cenar, lo cual lo hace atractivo para la gente que, como yo, trabaja por la zona.
La zona es Chueca, donde ya llevamos varios años (por lo menos cinco o seis) asistiendo a la casi constante inauguración de sitios nuevos. No todos buenos, claro está, pero todos con uno u otro toque de diseño, en un estilo semejante al que se puede encontrar en el Soho de Londres o el SoHo de Nueva York. Al Madrid guei hay que agradecer que hayan convertido lo que en tiempos (finales de los ochenta) era escenario, por ejemplo, de peleas de punkis, botellas rotas en mano (yo lo he visto, año 89) en un oasis de restaurantes modernillos. Si nos olvidamos de que, de paso, han abierto saunas, bares de copas llamados Leathers y “gabinetes” de pírsing con escaparates de lo más explícito (y doloroso...), es para hacerles una estatua. Aunque lo de los punkis también tenía su punto, qué demonios.
Pero aun siendo Chueca un sitio en el que es difícil destacar por lo novedoso, con un restaurante, ya digo que aquí hay suficiente originalidad. Nada tiene que ver esto con los menús del día de sitios como el Momo (uno de los más antiguos, pero con comida en decadencia), Lombok (de Jesús Vázquez, nada menos), Sarrasín (el nombre lo dice todo), El Armario (idem), Sama Sama (con tapicería tal que apanterada), Kola Bora y tantos otros. Es diferente el sistema, es diferente también el precio (el menú largo del Azul Profundo sale a 30 Euros, y la bebida es aparte). Y, por supuesto, es muy diferente, también, la comida.
La comida, igual que la idea, se debe al ya famoso chef Andrés Madrigal, que se inició en el casi mítico, y ya desaparecido, La Alborada, al lado de Padre Damián, con lo que llamaban cocina mediterránea/provenzal. El primer sitio donde yo he comido bacalao con callos, o con morcilla, en la línea que hoy se encuentra, por ejemplo, en el Soroa, uno de mis restaurantes favoritos. Después de La Alborada, Madrigal saltó a un sitio mucho más señorial, y también más caro, cerca de Los Jerónimos, que es el Balzac. Un sitio que está entre los más interesantes de Madrid, donde he comido una parrillada de verduras que nos dejó impresionados a mi parner y a mí. Y eso que venía a la mesa con un aspecto más bien raro, el que le daban las gotas de parmesano fundido que habían echado sobre las verduras. Donde he comido, también, un crujiente de caracoles que fue un alarde de delicadeza y de creatividad. Y donde, todavía hoy (tengo pendiente visita este año) creo que se come de lujo. Y se paga, también.
Un tipo curioso, este Madrigal. Como a Rogelio Barahona, el de Urkiola Mendi, a Madrigal también le gusta salir a saludar por las mesas, cuando termina de cocinar. Un momento que a mí me suele pillar con demasiado vino en sangre como para estar ingenioso, pero con demasiado también para evitar intentarlo, así que dudo que nunca haya servido para crear, digamos, empatía entre los chefs y yo. En el caso concreto de Madrigal, recuerdo que en mi primera visita a Balzac el tío nos dijo, a mi parner y a mí, o quizás a mí sólo, yo que sé, que me había visto ya tres veces en esa misma semana (junio del 99, creo que era). Una de ellas en Adolfo Domínguez, además, lo cual era verdad (había recogido un traje hacía dos o tres días). Trágame, Tierra. Igual es que soy un antiguo. O era el vino. Pero hubo tensión, ya lo creo que la hubo. Y en todo caso no me ha sorprendido que se haya elegido Chueca para el estreno del Azul Profundo. Ya sé que nunca se sabe, y yo el que menos sabe. Lo reconozco. Pero no lo puedo evitar.
En lo que podríamos llamar un alarde de riesgo, no voy con mi parner, a cuya salud no convienen estos menús fijos obligatorios, sino con un amigo. A quién se le ocurre. En plena Plaza de Chueca. Huy como nos vea algún listillo. Y ya ni hablar de fútbol sirve para marcar las diferencias, porque está Beckham, si sabéis lo que quiero decir.
Pero no hay nada que temer, porque nada en el ambiente sugiere que estamos en el barrio del ambiente. De hecho, la gente no es en absoluto una representación de la población del barrio, que a estas horas y en un restaurante debería ser una mezcla de gueis y de gente que trabaja por la zona, con ligero dominio de este último grupo, entre los clientes, y total dominio del primero, entre los camareros. En lo que respecta a los clientes, y quizás debido a lo poco que lleva abierto el sitio, encontramos una extensión del tipo de público que probablemente ya ha ido alguna vez a Balzac. Gente que busca una nueva modalidad de lo mismo: la cocina de Andrés Madrigal. Gente que no habla de software, como en otros restaurantes, sino de cuando fueron a ver a Florentino Pérez para hablar de no sé qué proyecto. Y no parecen los representantes de Beckham, tampoco. Lo de los camareros está menos claro, porque hay dos (y en especial uno, que parece italiano) que sí podrían considerarse personajes típicos de la zona, pero la metre y la chica que nos cobra, al final, podrían perfectamente trabajar en Balzac, o en otro sitio de este tipo.
La decoración es bonita, aunque sí que hay que reconocer que es un poco cargante, con dominio del color azul-claro-pero- chillón. O profundo, debe de ser. Un poco en el mismo estilo que pintan los rotuladores fluorescentes de color azul. El sitio es bastante pequeño, con una distribución similar a la del Reche (otro sitio pequeño) de la calle Don Ramón de la Cruz. Es decir, banco corrido junto a la pared y sillas enfrente. Sobre las mesas, un pequeño soporte sostiene unas carpetillas cuadradas, parecidas a las hojas interiores de los cedés, una azul (profundo) y la otra roja. La azul informa de la ráfaga de platos que toca degustar estos diez días. La roja es la carta reducida de vinos. Una selección (dicen), de José Luis Marrón, que me dice mi amigo que es el sumiller del Balzac, y el primo de otro amigo nuestro. Cuando viene la chef nos deja, además, una carpetilla roja más gorda que tiene la carta de vinos completa.
Como el ambiente ha sido menos ambiente de lo esperado, mi colega y yo acentuamos el riesgo, o como quiera llamarse, pidiendo un cava rosado que proponen para beber, el Marrón y sus compadres. Y por 12 Euros la verdad es que es un buen apaño, porque se bebe solo... Menos mal que no somos tres, porque entonces las dos botellas caerían con toda probabilidad.
Para comer, nos traen primero un plato alargado con tres vasitos: un yogur de piña y foie, una vichyssoise de manzana y un puré de garbanzos / hummous. Lo mejor el hummous y, quizás, el yogur. La vichyssoise está un poco dulce. Después, y no recuerdo si por este orden, aunque quizás lo del orden debe de ser importante (los tres primeros vasitos te recomiendan que los tomes en el orden que he dicho), tomamos tartar de atún con helado de aceite de oliva, gazpacho al aroma de vainilla, parrillada de verduras (versión miniatura), sepia en dos cocciones con arroz, jurel en escabeche con menestra e ibérico con melón caramelizado y ajoblanco. Lo que más me gusta son los dos últimos, aunque mi amigo también destaca el primero (el tartar, del que dice que es un plato que había ya en La Alborada). El gazpacho y la parrillada están bastante buenos, también. Y, desde mi punto de vista, algo más flojo el plato de sepia. El jurel tiene el interés de que viene poco hecho, algo crudo por dentro, como mandan los cánones de la modernidad y yo he aprendido a valorar (juro que me gusta así... aunque mi madre ponga el grito en el cielo). El ibérico es, en realidad, solomillo de cerdo ibérico (un trozo pequeño), y está bastante bueno cuando se mezcla con el melón y el ajoblanco.
De postre, primero una sopa de frutos rojos con helado al aroma de menta, bien aunque no diferencial con tanta sopa de postre que hoy se da en los comedores madrileños, y después fluido de chocolate (caliente) con helado de vainilla, que está de vicio.
Contando el vino y el pan, que traen caliente en piezas pequeñas de tres o cuatro tipos distintos, nos sale la comida por unos 40 Euros cada uno. Lo cual no es una ganga, pero tampoco da sensación de que sea tirar el dinero. Eso sí, igual un poco largo para intentar probar todos los menús que saquen, una vez cada diez días. Nosotros no somos ejecutivos. Ni representantes de Beckham.
Según se vaya haciendo famoso, puede ser casi imposible encontrar aquí una mesa.
Biotza
July 3, 2003
Últimamente, la zona baja de Jorge Juan, cerca de Serrano, es, pese a estar en un barrio tan serio y supuestamente señorial como el de Salamanca, un hervidero de bares y restaurantes. Y eso que, de ser señorial alguna parte del barrio de Salamanca, esta es la que más.
Hubo una época en que era difícil evitar que, por lo menos una vez al mes, mi parner impusiera una peregrinación a un lugar que había aquí, en Jorge Juan con Lagasca, dedicado al bacalao. Negubide, se llamaba. Y era un sitio majo, en el que te podía pedir dos o tres chacolís y comerte una ensalada que llamaban milhojas de bacalao, especie de amalgama de lechugas con bacalao desmigado y una especie de salsa pil-pil por encima. Lo que tiene el pil-pil es que cansa, y si vas muy a menudo y encima aparece por allí un camarero listillo (el tipo preferido por mi parner, como podéis adivinar), la tensión “triangular” que se genera (es decir, parner-camarero-autor) puede hacer que te siente mal el chacolí y hasta un Dom Perignon, si lo hubiera. Por fortuna, la ausencia de demanda especializada en bacalao y, previsiblemente, las dotes como relaciones públicas de aquel camarero loco, provocaron el cierre del local. Así que la peregrinación terminó por no consolidarse (lo contrario que ha ocurrido, por ejemplo, con el Paper Moon de Concha Espina).
Pero para lo que sí sirvieron tantas visitas al Negubide fue para familiarizarnos con la zona. Hay allí, aparte de muchos otros restaurantes y bares, incluso algún sitio de copas (bueno, copas + comida informal) que merece la pena muestrear de vez en cuando, como es el SOHO. Un poco superpoblado de parejas que no cumplirán ya los treinta, cierto, pero con mucho cóctel variado y sus Heineken (creo recordar) de botella siempre disponibles.
El Biotza es más nuevo que el Negubide. Está en Claudio Coello, casi enfrente del Giralda IV, que es una sucursal del famoso garito de Bilbao (calle Hartzenbusch) donde en 1982 yo decidí, con una sobredosis de cañas, pescadito frito y charlas de mi padre, estudiar Física. Sorprendentemente, no conocí el Biotza en un paseo post-Negubide como los que nos llevaron a descubrir el Tao (japonés/chino bastante sobrevalorado –y lo saben- que todavía subsiste, en olor de multitudes, en el mismo local donde hubo un italiano bastante bonito, el MezzaLuna, potencial competidor del Paper Moon), o el Bomarzo (la viva imagen de la sobrevaloración, encima oscuro –así el cliente no ve lo que come- y encima con una decoración que igual quedaría bien en el cuarto de baño de Drácula).
Fue en una quedada a comer con un compañero de Master, entre cuyos principales activos se cuenta haber apadrinado a un hijo de Carmina Ordóñez, que recuerdo que salía mucho en el Diez Minutos cuando yo leía esta revista, en vida de mi abuela. Amante del Rocío y de la Feria de Sevilla, este personaje quedó conmigo en la Giralda IV para tomar “xanquete” y dorada a la sal. Y para contarme anécdotas de intensas quedadas con su grupo de amistades, que a menudo “se agarraban tal pedo que se iban a Londres”. Después de comer, amplia visita a galerías de arte de la zona, porque hay muchas, aunque yo nunca había reparado en ellas. Buscaba, el hombre, un cuadro para su casa. Durante el periplo debió de notarse mi escaso dominio del medio “galería de arte”, locales que yo sólo conocía de mis veraneos en El Escorial, cuando subíamos a San Lorenzo a visitar exposiciones para bebernos varias copas de cava a las que invitaban, y el agua de los floreros si nos dejaban. O se notaron mis muecas de incredulidad ante los precios que tenían los cuadritos que nos enseñaban. Por ejemplo, de uno muy pop en el que salía Raphael de joven, todo colorido, que creo que andaba por más de cien mil pelas. Sea por lo que sea, no volví a quedar con este amigo, salvo para su boda con la tía más buena del Master (lo cual no es decir mucho, la verdad). Y hasta aquí mi vida junto a la farándula.
La cuestión es que aquel día, entre galería y galería, me fijé en un local que perfectamente podía haber sido, viéndolo desde lejos y por fuera, otra galería más. Con un corazón algo deforme (el arte moderno...) en la puerta. Y con el nombre “Biotza” en letras no menos de diseño. Más de cerca, quedó claro que era un bar. Un bar modernillo, dedicado a los pinchos vascos (Biotza es corazón en lengua navarra), en una línea que ha proliferado de un tiempo a esta parte en Madrid (véase el Estay, en el rango atractivo, y los infumables Lizarrán en el lado cutre).
Desde entonces, hemos hecho varias visitas. Y la última este verano. Porque había que buscar un sitio para ir con los amigos de mi parner, esta gente amante de los ordenadores, los comix y, a veces, también del Risk. Y tenía que ser un sitio en que uno se pudiera sentar, lo cual anulaba las opciones con “roaming” de bares, como una muy apetecible que se me ocurrió, que era una ruta iniciada en La Castela (calle Doctor Castelo, memorable bar). Además, el sitio elegido no debía ser muy caro, que está la cosa muy mal. Y peor para los que compramos viviendas. Que encima hay una burbuja, que lo dice El País, donde escriben todos los expertos y otra gente muy preparada, como Maruja Torres.
En fin, que a mí la opción ideal me parecía ir por la zona de Jorge Juan. No por especial querencia, sino porque tenía ciertas ganas de visitar un bar de copas no muy lejano, el Mojo Club, que está en la calle Salustiano Olozaga, entre la Puerta de Alcalá y la Castellana (o Recoletos, como se llame), y que solía tener DJs bastante brillantes, muy en la línea esta del sello Vampisoul que acaban de sacar los de Munster, dedicado a Latin Soul, Boogaloo y estas madres. Como además había ciertas probabilidades de que al tema este viniera una chavala que se considera mod, y que para demostrarlo se ha comprado un parka en una tienda de Madrid (válgame Dios, en estos tiempos que corren), pues era tentador llevarla allí y verla reaccionar. O ampliar miras más allá de los Flechazos o grupos como los asturianos La Ruta, muy de fiesta de instituto. O, todo lo más, Ocean Colour Scene (de lo mejor que hay ahora por ahí, pero con limitaciones) o los Kinks (que a estos sí que yo los tengo en un altar, vaya eso por delante).
Combinando el tema precio, me salía que lo mejor era ir al Alfredo’s Barbacoa de Lagasca. Simplemente, uno de los dos mejores sitios de hamburguesas que conozco en Madrid. El otro es el Alfredo’s Barbacoa de Juan Ramón Jiménez, cerca del Bernabéu. Puede que haya otros sitios recomendables para la hamburguesa, pero yo no los conozco. Y, por favor, que nadie me venga con el paletismo de recomendarme el Don Oso de Donoso Cortés, que ya no estamos en el colegio. Sí acepto, por los recuerdos y por lo barato, el Knight de Félix Boix, pero en la comida tampoco hay color...
Por supuesto, yo me encargo de reservar. Lo ha dicho mi parner: “¿Te encargas tú de reservar?”, así, como los jefes. Y cuando llamo descubro que el Alfredo’s de Lagasca está cerrado por reforma, o no sé qué. Así que, como en paralelo mi parner ha hecho ya una quedada pre-cena en el Biotza, la solución más fácil es intentar reservar allí. Al Biotza todos.
En el Biotza hay que destacar una cierta diferencia entre el ambiente en la barra, o en el hall de entrada, que es, digamos, muy jai tek, con las tuberías del aire acondicionado a la vista del público, pero a la vez con unos colores muy térreos, o así, en las paredes, y el ambiente dentro, que es donde te sientas. Y donde hemos reservado. Fuera, en el hall, el ambiente es pijo. O sea, tías morenas con vestidos blancos semitransparentes. Más transparentes cuanto más edad tienen las tías, o cuanto más puntiagudos son los zapatos que llevan –moda ésta que se extiende a las sandalias veraniegas, si es que se pueden llamar sandalias. Y tíos guays. De estos que no se pierden la feria de Sevilla. O un viaje a Londres, si se pillan un buen pedo.
Dentro, sorprendentemente, el ambiente es más normal. Más como nosotros, vamos. No fauna de la noche, sino gente con necesidad de alimentarse. Menos atención al personal que nos rodea y más al plato.
Claro, que a mí me resulta difícil abstraerme del personal que nos rodea. Y rodeándonos tenemos, por ejemplo, a una pareja de español, serio pero no nerd, y japonesa, aunque a primera vista lo único que se ve es que es oriental. E incluso el hecho de que sea bastante alta hace pensar que japonesa no es. Pero si uno aguza el oído puede escuchar que le está contando al chaval cosas de Japón: en Japón esto, en Japón lo otro, si llego en Japón a casa más tarde de las ocho mi madre se pone... Y lo acompaña de un mohín muy japonés, pero con brazos en jarra, y tal. O sea, una escena de lo más entrañable. O una posible definición para el Biotza, un sitio donde puedes sacar a cenar a una japonesa que te estás ligando. Porque supongo que hermanos no son, ella y el chaval. Y hay que ver la alegría japonesa que se le pone a ella cuando él la mira. Es guapa, pero de un guapo raro. No a la altura del glamour de Kahimi Karie o Maki Nomiya (Pizzicato Five), aunque la última tampoco es demasiado guapa, la verdad.
Me parece muy bien, además, que pidan una cosa igual que nosotros: el atún a la plancha con verduritas, que viene poco hecho y está bastante homologable. Por el contrario, las croquetas no tienen mucho impacto, la ensalada es estándar, no más, y la merluza está bien pero no para echar cohetes. No parece que en nuestra mesa haya mucho quórum para pedir pinchos sueltos, que podría ser el tema en el que el bar está especializado. De otras veces sé, por ejemplo, que los rollitos vietnamitas que tienen son originales y están buenos, aunque son caros. Definitivamente, es la cosa que hubiera pedido yo, en mis tiempos, si vengo con la japonesa. Para hacer chistes de buen gusto, claro. Así me iba a mí, en mis tiempos.
Total, que el sitio está moderadamente bien. Con todo lo anterior, y una botella de vino, salimos por 20 Euros per cápita, dentro de lo satisfactorio (espero) para nuestros acompañantes, aunque el Alfredo’s nos hubiera llenado más y hubiera costado menos. Pero en el Alfredo’s no se ven estos rollitos japoneses tan entrañables.
Como el vino que nos hemos bebido me ha hecho un cierto impacto en el nervio del sueño, y encima no ha venido la mod, tampoco hay demasiado interés en visitar el Mojo Club, aunque dos días después, el sábado, comprobaré, ya en solitario con mi parner, que ese sitio está moribundo.
La Taberna del Sumiller
June 27, 2003
No me voy a andar con rodeos. Su principal activo, desde mi punto de vista, es que está muy cerca de la terraza Pepe’s de la calle Puerto Rico. Que es tanto como decir de la mejor terraza de Madrid para el que esto suscribe.
Y eso, tratándose de un sitio de comer, es un activo a pesar de que en la citada terraza ponen unos bocatas de bacon, lechuga, tomate y queso, o de otras cosas, que quitan el sentío, a lo que han añadido desde hace un par de años, una jugosa oferta de “wraps”, especie de burritos de cosas exóticas.
La cosa no tiene otra explicación que el hecho de que mi parner no trabaja este tema de los bocatas, ni (menos) el de las cosas exóticas, con burrito o no. Y “El Sumiller” es un bar/restaurante refinado que nos permite alimentarnos sin estas objeciones antes de irnos a la terracita a cerrar la noche con unas pintas de bitter para el autor (y una buena dosis de agua para su parner).
Pero tampoco sería justo reducir el papel de este local a esa misión. Hay que decir que tiene una carta excepcionalmente variada. Y llena de cosas que no son fáciles de encontrar, ni siquiera en los muy subidos (de creimiento y de precio) bares de la Cava Baja. Raciones como alcachofas con cardo y foie, con reducción de jugo de carne. O sea, un tema muy serio.
Llegamos sin reserva, y nos hacen esperar un rato en la barra a que se quede libre una mesa de dos. Mientras tanto hay varias mesas más grandes, no sabemos si reservadas o no, que permanecen vacías. No es la mejor manera de empezar la velada, para mi parner, que de tonta no tiene un pelo. El autor contribuye a incrementar la tensión lanzando un ultimátum según el cual ella debe elegir entre pedir algo en la barra (unas croquetas, por ejemplo) o esperar a que nos den la mesa, a lo que sigue la consabida discusión en la que se enfrentan las ya viejas teorías de si “estoy más gordo porque me haces comer sentado” vs. “eso es por comer tantos postres”. O las delicias de la vida en pareja.
La decisión que toma mi parner es esperar a la mesa. Cómo va a querer que comamos de pie... Y encima me ha convencido de que no debo comer postre. Al menos hoy, que hemos estado a comer en el Zara, un restaurante cubano muy majo de la calle Infantas, y allí me he zampado un plato combinado bastante intenso (dos huevos fritos, un plátano, arroz, albóndigas) al que ha seguido un daiquiri para bajar el tema de la grasa (que esta comida cubana es muy traidora cuando la comes sentado).
Pasados unos minutos, durante los cuales nos da tiempo a diseñar varias teorías sobre por qué no nos sientan en alguna de las mesas vacías, se va otra pareja que estaba sentada al fondo del local y nos dan su mesa. Una mesa pequeñita, para dos. Se impone la teoría de que las otras las reservan para grupos más grandes. Pero que no llegan nunca, eso sí que es verdad.
El local es muy pequeñito y no muy fácil de ver desde fuera, porque está en los bajos de un edificio de viviendas de la calle Víctor de la Serna, un edificio con jardín delante, lo que hace que tampoco veas la puerta con claridad cuando pasas andando por la acera. Así que, aunque es pequeño, no está lleno. Y predomina un ambiente bastante familiar, como de gente que ya lo conoce de hace tiempo. Mayoritariamente, hay parejas thirtysomething, como la mía, y algunas variantes, como un grupo de tres tíos bastante grandotes, que se están poniendo las pilas (menudo postre se toman al final, los tíos), y dos tías forty si no fiftysomething, de estas que aparentan gran peligro dialéctico (del otro no quiero ni pensarlo).
La experiencia, que, como ya he contado, no ha empezado demasiado bien, sigue por cauces que hacen dudar de una nueva visita a corto plazo. Por ejemplo, un momento de gran tensión con una camarera voluntariosa pero no excesivamente profesional, que da a probar un vino del cual mi parner sólo ha pedido una copa. “Pero nosotros no hemos pedido una botella, sino sólo una copa”. “Ya lo sé, pero es que la botella acaba de ser abierta, por eso le doy a probar”. Y estas cosas que pasan. Con caras más bien de pocos amigos, además.
Otra cosa que pasa es que las croquetas, que son de jamón y carne, o algo así, aunque tienen una besamel muy decente, que está muy buena, vienen con una cobertura que delata que las han refrito. Una cobertura algo tiesa y aceitosa, que se libra por los pelos de tener ese regusto ácido que las convertiría en croquetas de segunda categoría. Y las tajadas de bacalao rebozado, lo que en otros sitios llaman “soldados de Pavía”, vienen con un rebozado amarillento que, aunque a mí me presta, a mi parner no la convence demasiado. Un tanto reseco sí que está el tema. Y ella tiene, encima, la mala suerte de que le pilla un trozo bastante lleno de espinas.
Afortunadamente, el tercer plato que traen, que es el innovador con las alcachofas, el cardo y el foie, complace mucho a mi parner. La verdad es que está bastante bueno. Sólo le veo el defecto de que el foie engorda mucho cuando se toma sentado...
Todo hace indicar, pues, que vamos a tener que seguir buscando lugares próximos al Pepe’s, porque este no se va a convertir en un sitio habitual, una especie de Paper Moon veraniego, que habría estado estratégicamente muy bien, para mí y para la cuenta de resultados de la cervecera inglesa Bass. Pero, en cualquier caso, merece una o varias visitas. Es original, tiene buenos vinos y ofrece una calidad que no es frecuente en un bar ni en este barrio donde está.
Salimos por unos 20 Euros per cápita, con varias cervezas, aunque sin postre (y eso que tienen una pinta bestial, los que vi).
Conducta Ejemplar (El Rodizio)
June 20, 2003
Sorprendentemente, sin que el autor tenga nada que ver, sus compañeros de master le organizan una cena de confraternización (hay dos o tres al año) en un sitio que, desde luego, uno nunca hubiera pensado que les fuera muy bien. Y es que ellos, como corresponde a la gente que, a veces, llega a entusiasmarse con la formación empresarial, son gente fina. Y este sitio no. O sea, que muy fino no es. Pero oye, mola.
A veces uno se asusta a sí mismo. ¿Cómo es posible que se lo pase uno tan bien en un ambiente en el que jamás se reconocería? Salvando las distancias, temporales sobre todo, estamos ante el mismo tipo de sitio, y sobre todo de gente, que hace años encontrábamos (igual hoy también, qué sé yo) en las cuevas de El Molar, ínclito pueblo de la carretera de Burgos donde proliferan los mesones subterráneos y las celebraciones juveniles, digamos, populares. O sea, nada que ver con, por ejemplo, el Vips de Velázquez esquina Ortega y Gasset, donde cientos de adolescentes llevan años jurando por Esnupi. Ni con restaurantes como el Balzac y el Chaflán. Nada de eso.
Igual no es más que el resultado de una clientela juvenil, y bastante generosa en términos de chavalas que, si no finas, sí que alegran la vista del autor y de cualquier español que se precie. O bien algo incluso más prosaico, pero no menos importante: tienen pan de queso. O sea, el aperitivo más típico en los restaurantes paulistas (Sao Paulo), consistente en bollitos calientes con queso fundido por dentro, resultado de una harina especial que se mezcla con queso (de Minas Gerais) antes de hornearse. Impresionante. Y aquí lo dan bastante logrado, aunque no sea tan espectacular como en Brasil.
O sea, que tal vez no hay razones para asustarse. Todo tiene su explicación. E incluso los del master, grupo de gente de bien que incluye una persona con llavero de Franco y otra con un llavero rojigualda con un águila imperial estampada, parecen disfrutar aquí. Claro, que me consta que algunos de ellos son capaces de desear que el órgano de la iglesia toque el himno nacional durante la eucaristía de la ceremonia de su boda, en una onda muy à la Juanito Valderrama (el Padre Coplillas), lo cual indica que tienen estómago para pasarlo bien casi en cualquier sitio.
Entre el público, mayoría de mesas grandes. Grupos grandes que, dadas las fechas, celebran cenas de fin de curso, o de principio de verano, o de lo que sea. Mucha joven de buen ver, como ya he dicho, y alguna joven de mal ver, también. Todas con un aire muy de celebración. Con vestidos (y no es que uno se fije, pero en fin) así como de noche, muy de curvas cimbreantes, casi como si fuera nochevieja. Y acompañadas de tíos de estos que hay ahora que se ponen el pelo como de punta (fáquin gomina) y llevan camisas como de Ricky Martin. Tíos que parece que tienen bastante éxito con las jóvenes de buen ver.
En otras mesas, también grandes, hay gente más entrada en años y en carnes, aunque no menos desinhibida que los anteriores. Muy dados a la risotada fácil y a ese ademán de compadreo con el que uno le dice al de al lado “cómo nos estamos poniendo de comida”. ¿Qué celebran? Estos el fin de curso seguro que no.
Hecho el examen detallado del personal, uno pasa a concentrarse en el camarero, un personaje revenido donde los haya, que se nos acerca a explicarnos “cómo funciona esto, aunque seguro que hay alguno de ustedes que ya lo sabe, o se lo han contado”. Sí. Lo sabemos. O nos lo han contado. Con no menos desdén de enterrador de pueblo del oeste, el listillo nos cuenta que “lo primero que tienen que hacer es ir al bufet, y luego vendrán las carnes”. Y añade que “por cierto, ahora es muy buen momento para ir al bufet”. El famoso “bufet” es bastante variado, muy en la onda de los rodizios brasileños. E incluye plátano empanado y frito (mola), croquetas (insulsas), varias ensaladas (gran alegría para mi parner), sushi (prescindible), jamón serrano (pasable) y el maravilloso “pao de queijo”, que se acaba rápido, cada vez que sacan nueva remesa, así que hay que estar espabilado para pillarlo. Aparte, feijoada, farofa, y varias cosas así, muy brasileñas pero que no da mucha gana tomarlas con el calor que está haciendo este verano.
Después de un par de visitas al “bufet” y cuatro o cinco bollitos de pan de queso, que está uno con el buche bien repleto, la sesión pasa a la segunda fase. En esta, los camareros se acercan a la mesa para ir ofreciendo trozos de carne que traen pinchados en unas espadas. Carne que se supone que se ha cocinado pinchada en la espada. En Brasil, como no me canso de contar, para martirio de mis compañeros de mesa, el orden en el que llegan a la mesa las distintas piezas de carne es aleatorio, con lo que uno tiene la oportunidad de comer de lo bueno (picaña) desde el principio. O incluso de comer sólo de eso. Aquí es diferente. Te traen primero cosas que van desde un lomo de cerdo que está seco y que recuerda a las exquisiteces del bar “Los Torreznos” de Goya hasta riñones de no sé qué bicho. Y sólo al final, cuando te has llenado de cosas de estas, llegan los trozos decentes. Excelente picaña, por cierto.
Pero qué más da. Nada de lo anterior es un inconveniente. Ni siquiera el hecho de que nos ha debido de tocar el camarero más sobrado y más tonto de todo el local. Hay mucha alegría en el ambiente. Y dan cerveza Brahma, brasileña, si la pides específicamente. Bien fría, como debe ser.
Por si fuera poco, cuando estamos casi terminando, como a la tercera o cuarta Brahma, alguna gente sale a bailar a una pequeña pista de baile que hay en un lateral, donde tocan unos músicos brasileños. Por desgracia no están tocando el himno nacional, que queda bien en cualquier parte, sino música brasileña. Las hostilidades las inicia una tía brasileña grande, literalmente (en todas sus dimensiones), con un vestuario blanco pródigo en transparencias, y cuya misión es sacar a los clientes masculinos a lo que sólo se puede describir, con un mínimo de exactitud, como “mover el esqueleto”. Muy en plan Regina Dos Santos, la chavala. Dos vejetes se esfuerzan lo suyo en seguirle el paso a la dama (este tipo de movimientos rápidos de cadera que se ven en joyas del séptimo arte como “Lío en Río”). Supongo que alguien habrá llamado al Samur para que esté atento.
El tema termina “a lo loco”, como la canción de Celia Cruz. Cosa que incluye a un David Civera lucaláik que sale con su novia, bastante espectacular la chica, a marcarse unos bailes, o a un encorbatado bastante barrigón que estaba en la misma mesa, y que sale en un plan bastante destroyer, sin corbata ni nada, y bailotea con una señora no menos candidata que los de antes a darles el día a los del Samur.
Queda claro, pues, que la comida no es lo esencial, aquí. Pero si queréis pasar una velada en este ambiente más bien poco refinado, pero juvenil y alegre, y regarlo todo con unas Brahmas fresquitas y el mejor pan de queso de Madrid, este es EL sitio. Y a un precio medio (Brahmas incluídas) de unos 30 Euros per per cápita.
Concilio
June 14, 2003
Con un sábado entero por delante, después de una semana fuera de casa. Bilbao (una boda, con doble cena y el buche repleto) y Londres (un congreso por el día y un muestreo de gastropubs por las noches) son los culpables.
Afortunadamente, no hace el calor que ha estado haciendo otros días. O bueno, no sé si decir afortunadamente, porque este simple hecho justifica para mi parner que nos peguemos el gran periplo por las tiendas madrileñas, en busca, según ella, de regalos. Porque se concentran muchos cumpleaños familiares, en esta época. Pero todo lo que empieza acaba, y en este caso todo acaba, con camisas, libros, pantalones y hasta un wok de por medio (el típico regalo castizo que le gusta hacer al madrileño de a pie), con la predecible visita al De Pura Cepa de Fuente del Berro, y con sus predecibles croquetas redondas, su carpaccio de solomillo y su ensalada tres quesos. Para variar, nos ponen dos tapas (¡dos!), interesantes las dos: un guiso de carne con champiñones y pimientos y un canapé (creo) de tsatsiki (lo interpreto como mezcla de yogur, menta y pepino, todo batido). Temibles conversaciones a nuestro alrededor, sobre Aznar (y su excitante relación con Cuba) y sobre el olor de los hombres mayores (no daré detalles). Es lo que tiene la Generación del ’68, digamos, con varios representantes que son clientes habituales del De Pura Cepa, y quedan todos los sábados para hablar bien de Trinidad Jiménez y cosas por el estilo.
Por la noche no se trata de batir el record de originalidad yendo, por ejemplo, al Paper Moon. Hay que buscar algo nuevo. Algo, además, de lo que se pueda escribir, que hace tiempo que no comento ningún sitio y ya va siendo hora. El recurso fácil es la crónica de Capel en “El Viajero” de El País del sábado. Va de un restaurante llamado Concilio, que se supone que lo acaban de abrir, aunque ya leí sobre él hace uno o dos meses, y que se supone que es de la “Escuela Berasategui”. O sea, con un cocinero inspirado, o asesorado, por Martín Berasategui, que es un vasco con restaurante en Lasarte, muy nombrao, el tío.
Total, que en un alarde de simpleza digno de Terelu Campos, pongamos por caso, no se me ocurre otra cosa que reservar para esta noche en este mismo sitio. Y uno pensaría que va a estar completo, dado que es sábado y que ha salido en el periódico y toda la leche, pero un personaje muy amable, que ya comprobaremos luego lo amable que es, me dice que ningún problema en la mesa para las diez que le pido.
El restaurante está en Príncipe de Vergara, entre medias del Auditorio de Música y el Museo de la Ciudad. Justo donde hasta hace poco había una sucursal de un restaurante italo-argentino con una terraza muy concurrida que hay en el Parque de Berlín. Una sucursal que, todo sea dicho, no se comía un torrado en términos de clientes. O sea, que estaba siempre vacía. Cuando llegamos hoy, casi a las 10 en punto, lo que hay (fuera) es una panda de jóvenes que podríamos describir, de forma políticamente correcta, como jóvenes sosias de Cassius Clay, que se dedican a darse balonazos y a pegar gritos por la plaza. No es muy estimulante, el tema.
Ya dentro, un decorado un poco frustrante para tratarse de un sitio nuevo y con una cocina que se supone modernilla, con tanto Berasategui y tal. Vamos, unas sillas bastante estándar, no de mesón pero casi. Un papel pintado de florecillas. Además, no tienen puesto el aire acondicionado. Hace calor.
Una cosa sí que hay que admitir: el metre es un tío simpático. Para empezar, cuando nos trae las cartas, nos recuerda que la pequeña de vinos que hay en la mesa, así como en plan anuncio, no es la verdadera carta de vinos, sino “la de juguete, como digo yo”. Muy bueno, chaval. Hay que ver la cara que pone, ya de primeras, mi parner, ante tales exhibiciones de ingenio.
La carta confirma, en cierto sentido, lo que se adivina por el decorado: la comida no es tan de diseño. No es que sea todo a base de pollo asado, ensalada y tortilla, pero son cosas más o menos clásicas. Por ejemplo, entre los pescados, hay un rape asado, un bacalao, una merluza y, ojo, unos chipirones en su tinta, como gran novedad (advertida por un asterisco). Las carnes son algo más variadas, con más opciones que los pescados, pero destaca un solomillo y un entrecot, y las hoy tan frecuentes carrilleras de ternera. Tampoco mucha innovación, aunque quizás un poco más, entre los primeros platos.
A la hora de pedir, se consolida la escalada de tensión entre mi parner y el simpático jefe de sala. Es lo que tiene preguntar sobre los ingredientes de los platos a alguien con semejante gracejo. Aunque no es por nada, pero este tipo de tensiones las he visto yo hasta en El Chaflán, que está decorado que parece un video musical, y se supone que son mucho más finos... En fin, yo intento ejercer de fino diplomático, lo que me proporciona, después, una amigable charla en la que soy tildado de machista. No yo solo. El sitio también.
Oye, y algo de razón sí que podría tener mi parner. No en lo mío, que en esto no voy a entrar, sino en lo del sitio. El camarero que nos trae el vino (Enate Cabernet 2000), al verme cerveza en mano, ofrece abrirlo pero no servirlo aún, “para que se airee”. Yo no pongo objeción, porque a mí en esos casos todo me parece bien. Sin embargo, mi acompañante afirma, no sin cierta energía, que ella preferiría que se le sirviera un poco ya, “si no le importa”. ¿Y quién la había consultado a ella? Es más, después este camarero, bastante simpático también, lo explica todo mirándome a mí. Y además me dice “que les siga aprovechando”, cada vez que nos sirve algo.
Lo que pasa es que la música amansa a las fieras. Y aquí, sin entrar en quién es la fiera, la música es la comida. Que será clásica, o no suficientemente modernilla para impresionar a las amistades, pero está bien. Bastante bien. Nos traen dos aperitivos: una especie de chistorra con puré de manzana, bien, y un gazpacho, así en vaso como de tequila, que está de vicio. De primeros, después de unas disquisiciones bastante polémicas, pedimos una ensalada de langostinos y un tomate relleno de bonito y bacalao. De las dos cosas, lo mejor es la ensalada de langostinos, que vienen templados y acompañados por lechuga, una especie de guacamole y algo de salsa romesco. Muy bueno. El tomate no está mal, y sobre todo es apropiado para el calor que hace. Aunque para este momento ya han puesto el aire acondicionado.
De segundos, rape asado con chipirón, para mi parner, y bacalao sobre cama de berza (toma ya), para mí. Ambas cosas nos dejan contentos. Nada que objetar. Vamos, que nos sigue aprovechando. Además, a la mesa circular de enfrente han llegado siete personas, cuatro tíos y tres chavalas. De los tíos, uno es así, más joven, con camiseta por fuera y vaqueros. Los otros tres no cumplen ya los treinta. Y puede que alguno ni los cuarenta. De ellas, dos son amigas entre sí. ¿Por qué? Pues porque están sensiblemente más buenas que la otra. ¿Qué más indicios hacen falta? Además, han llegado juntas, con el joven (presumiblemente el novio de la que está más buena, con la que intercambia confidencias durante toda la cena) y con uno de los otros tres, especialmente desagradable porque es de estas personas que no para de menear la rodilla, así en plan rítmico, mientras cena. Será la tensión. Total, que no nos faltan motivos para la diversión, ni para la maledicencia. Qué reuniones más surrealistas hace la gente. El chaval de la camiseta por fuera no se ha visto en otra igual. Claro, que tampoco se puede quejar... (si fuera machista os diría por qué)
De postre, pido sopa de melón con frambuesas y helado de plátano. Refrescante y agradable, aunque no sea memorable. Cuando llega el metre para preguntar qué tal todo, le digo, sinceramente, que muy bien (contesto yo porque me pregunta a mí –vuelve la tensión) y el tío pone una sonrisa que sólo la he visto antes en la película Batman, al Joker. Con el café nos traen lo que el camarero llama un “aperitivo” (debe de querer decir que es gratis), consistente en un par de vasitos llenos de una especie de leche merengada con armagnac, o algo así nos cuentan.
Todo esto, incluido el vino, y el espectáculo de la mesa de enfrente, por unos 90 Euros en total (45 por cabeza).
Se come bien. Así que no descarto que volvamos a ir. Y más teniendo en cuenta que, cuando salimos, le pido una tarjeta al sonriente metre que, ni corto ni perezoso, me ofrece una que saca del bolsillo de su chaqueta y me dice, textualmente: “le doy la mía por si alguna vez tienen algún problemilla”. Luego la miro y, efectivamente, viene el nombre del pájaro. Lo tendré en cuenta, si tengo algún problemilla.
El Horizontal (El Escorial)
Saturday, May 17, 2003
Es jueves santo y vamos a El Escorial a comer. Por supuesto, en dobles parejas. O sea, lo que se lleva esta semana santa.
Para variar, respecto a ayer y respecto a muchas otras veces, la otra pareja no nos lleva en coche a nosotros. Es algo a lo que siempre se ofrecen, y supongo que más aún en semana santa, porque entonces hay un qué sé yo que anima a la gente a hacer obras de caridad. O a ayudar al prójimo. Porque nosotros, el prójimo en este caso, somos candidatos ideales. Yo no conduzco. Un patán, para qué nos vamos a engañar. Ni al Hipercor llevo el coche. Y entonces todo caballero amigo de la pareja tiende a sentirse obligado a llevarnos en coche. En los asientos de atrás.
Además, no es una decisión fácil, la de llevarnos, porque tengo una parner bastante agresiva guiando al conductor, de lo cual suele ser capaz siempre que haya consultado antes un plano. O sea, un 97% de las veces, más o menos. Ataca con más peligro si nota que el conductor no tiene mucha confianza. Por si fuera poco, jamás se nos olvida ponernos los cinturones. No es que desconfiemos del chófer, pero en caso de colisión a 100 por hora, la piña que los de atrás se pegan con los de delante equivale al golpe de una pedazo de bola de no sé cuántos kilos. Sale en un anuncio de TV en el que vengo pensando últimamente, en estos casos. Si vamos a más de 100 por hora, el tema tiene que ser la de dios...
El caso es que hoy, por lo menos a la ida, nos valemos por nosotros mismos. O sea, que vamos en tren. Un tren de dos pisos que tomamos en Nuevos Ministerios y que va cargado con una muestra representativa del sector social geriátrico. Vamos, el tipo de gente que no conduce, como yo. Señoras que, con gran desparpajo, exclaman su disgusto ante el nombre que tiene esa estación que va justo antes de la de El Escorial, Las Zorreras, “que parece que va a ser ‘la ciudad de las putillas’”. Por lo demás, nos enteramos de que tienen nietos (“el pequeño es una avispa”, sea lo que sea lo que esto quiere decir) e hijos (“mi hija está tan pendiente de mí que ya me agobia”). Un plan muy familia Ulises, este del tren.
Cuando llegamos a El Escorial, la verdad es que todavía nos falta un trozo importante de viaje, porque entre la estación y el Horizontal hay bastante distancia, y además una cuesta de cojones. Pero ahí estamos nosotros para hacérnoslo andando. No vaya a ser que en el bus a San Lorenzo se monten estas personas y piensen que somos algún tipo de insecto, como sus nietos. Lo decide mi parner, así que no hay más discusión. Es decir, la discusión se retrasa al momento en que, faltando unos 500 metros con una pendiente bastante generosa, se me ocurre hacer un chistecillo sobre los resoplidos que va dando mi acompañante. Relacionando esto, además, con nuestra falta de criterio al hacernos todo el camino andando.
En fin, cosas de las parejas. Nos salvamos de la quema porque en seguida estamos en la terraza-invernadero del Horizontal tomando una cerveza para esperar a nuestros amigos. Un ambiente muy señorial, el que hay allí. Al lado nuestro, una mesa con mucha gente: dos familias que se encuentran, se supone, después de mucho tiempo sin verse. Es lo que tiene la semana santa serrana. Mañana son los oficios y el Escorial tiene un ambientazo. Y encima hace un tiempo bastante bueno. Una de las señoras comenta que menos mal, porque mientras que “jugar al pádel con sol me divierte”, cuando hace malo es una lata.
Igual es que nuestros amigos tardan un poco, o es que las mesas están muy juntas, pero hasta que llegan todavía nos da tiempo de enterarnos de muchas más anécdotas. Como la de no sé qué familiar de estas personas, que se examinó de conducir el otro día y suspendió el primer examen porque aparcó muy lejos de la acera. Vamos, tampoco muy lejos, pero que tuvo que darse un paseíto desde el coche hasta la acera. Las risas agitan los vidrios de los vasos. Una chavalita rubia un poco bizca que lleva una camisa rosa de Tommy Hilfiger abunda en el escarnio del aparcador ausente. Y cuenta después que cuando era pequeña tuvo muchos problemas con las del pueblo, que la querían pegar, y la perseguían hasta la puerta de su urbanización. Hay vidas terriblemente difíciles.
Afortunadamente, llegan nuestros amigos y entramos. Yo, para qué negarlo, no dando muy buena impresión, porque llevo el periódico en una mano, la cerveza en la otra y el abrigo y el jersey colgando del antebrazo. Andando como un lisiado. Menos mal que la metre es una chica muy maja y muy comedida. No como una elementa que hay a la entrada, detrás de la barra, con la que antes, cuando le he comentado que teníamos una reserva y que ibamos a esperar en el bar a los que faltaban, he mantenido una conversación bastante surrealista.
El Horizontal, versión restaurante, es un comedor muy arregladito, buen nivel, no diseño pero sí cierta clase, que para eso estamos en El Escorial. Se sirve mucho arroz con bogavante, que el que nos ha traído las cartas nos ha comentado que es la especialidad. Impensable pedirlo nosotros, porque es de dos en dos y mi parner no lo trabaja. Intentar pedirlo con parte de la otra unidad familiar me parece una descortesía y un meterme en donde no me llaman. Así que me concentro en decidir si voy a tomar carne, pecando como un degenerado, porque es jueves santo y ya me ha dicho mi madre que no se puede, o pescado.
De primeros tomamos unas croquetas caseras, bastante prescindibles, toscas y pastosas por dentro, y de una sospechosa regularidad, casi industrial y hasta inorgánica, en su forma exterior, y una ensalada que está bien pero es un poco enana.
De segundo, me decido finalmente por el pecado. Que no es sino la conclusión de mi otro pecado, mucho más serio y más habitual, que no es otro que dedicarme, sistemáticamente aunque con más o menos disimulo, a mirar lo que toman los de las otras mesas. El solomillo que han servido justo delante de nosotros ha hecho temblar el local, cuando se ha posado en la mesa. No me lo tienen que decir dos veces. Tiene, eso sí, el pequeño problema de que no viene como Dios lo trajo al mundo, sino cubierto por no sé qué salsa de setas, o algo así. Pero a pesar de todo es bastante grandioso. Suficiente para compensar la decisión de las croquetas.
El resto de gente toman rape con salsa verde, que tiene una pinta razonable, merluza a la bilbaína, que la toma mi parner y tiene una pinta gloriosa, al nivel del solomillo, y otro solomillo, pero éste pedido “muy hecho”, lo que provoca que llegue partido en dos trozos menos gruesos que el mío y en el mismo estado, prácticamente, que los palacios presidenciales de Sadam Hussein hace sólo unos días.
De postre nos ofrecen torrijas, de leche o de vino blanco. A pesar del solomillo, no renuncio a zamparme una de leche. Hay que alimentarse. Y ya me he pegado un buen repaso físico subiendo la cuesta, antes de comer. Total, sólo dos de los cuatro tomamos postres. Con un vino bastante flojillo (Beronia reserva, muy ponderado por el camarero, pero decepcionante) incluido, salimos por unos 30 por cabeza.
Lo malo es que, cuando llegamos de vuelta a Madrid, un par de horas más tarde, el cinturón de seguridad de los asientos de atrás me ha dejado una marca inconfundible en torno a la barriga. Los problemas de la terrible combinación solomillo + torrija. Y peor todavía es que, justo al llegar a casa, recibo la llamada de mi madre, invitándonos a ir a tomar café, porque ha hecho “dos fuentes enteras de torrijas”.
No hay duda sobre lo que vamos a hacer, porque madre no hay más que una.